jueves, 23 de mayo de 2013

MUERTE, HAMBRE Y TITIRITEROS

                                   
                               
                               
                                      
                                     (Fragmentos de mi libro, “Ecos  de la Alhóndiga”)

                              
Rostros que reflejan el dolor de una guerra incivil, salvaje y cainita; media España (Cártama también) vestida de luto por la otra media y, viceversa

  
          Década de los años cuarenta del pasado siglo: dura   posguerra de una conflagración civil que unos y otros se empeñaron  en desencadenar, hasta que lo consiguieron y concretaron de la forma más cainita. Los españoles se odiaron como a veces los  hermanos carnales, sin reparar en crímenes horrendos. Como “niño de la guerra”, con congoja infinita e inusitado espanto insufrible a esa edad,  los vi matarse  por doquier y, lo sufrí en mi contexto familiar.

          Una guerra de tres años, y después: Luto y hambre. Niños con panzas de pataletes hambrientos, tifus, sarna, mocos y piojos en sus pelambreras; chinches en las bancas  de la “miga” que martirizaban con sus picaduras a esos tiernos niños-párvulos mal alimentados. Era metáfora de la miseria social,  la “miga” para   parvulillos de Doña Ciriaquita, esposa, aunque separados,  del maestro rural, “Bizco Antequerilla”, singular  y bondadoso personaje, al que dedico otro capítulo de este libro ;  tenía establecida su escuela doña Ciriaquita desde antes de la República, en una buhardilla de la cartameña, Calle Viento, lindando por detrás con  la casa de labor de los Marín,  cutre habitáculo  renegrido por el vaho de los parcos guisos al fuego de un maloliente hornillo de petróleo, instalado en un rincón de la propia aula, cuya única ventilación era un pequeño ventanuco cara  a los patios ganaderos  y, protegido de gatos, salamanquesas  y gorriones con  una tupida tela metálica, también ennegrecida, por el mismo motivo;  una ajada puerta de tablones pintada con  nogalina mate, daba paso desde el aula  al reducido cuartucho que servía a la “maestra”  de dormitorio y, paremos de inventariar, pues ni siquiera baño había, sirviendo de excusado la cuadra de bestias arrieras de la comunidad vecinal.

         De la “miga”, los niños pasaban a recibir enseñanza en los colegios gubernamentales, uno, dirigido por el abnegado maestro de feliz memoria para los que fuimos sus alumnos, Francisco Romero Martín y, el otro, por Francisco Rubio Serón, para niños;  para niñas, doña Mercedes y doña Isabel.

         Salvo aquellos pequeños  en los que  la guerra había abierto excesiva herida espiritual por desaparición cruenta de sus  padres u otros familiares próximos, los niños afrontaban la vida de retaguardia y postguerra dejando amplio hueco en sus emociones para diversiones  sencillas e inocentes, con  juegos sui generis, cargados de ingenio, e incluso, a veces, lirismo por las canciones que los acompañaban.

         Juego de La rueda: un círculo de zagales y zagalas cogidos de las manos que cantaban coplas específicas con letras inocentonas, muchas de ellas comunes con las de los pueblos de los alrededores:

                        Allá arriba, arribita
                        Hay una fuente de oro,
                        Donde lavan las mocitas
                        Los pañuelos de los novios

         El Columpio y sus cantes (bamberas):

                       Arremonta los cordeles
                       Arremóntalos bien alto
                      Que parece una paloma
                      La niña que va en lo alto

         Canciones de presueño a los niños pequeñines:

                       Mi niño va a Madrid en un caballito gris
                       Al paso, al trote... ¡al galope, al galope, al galope
                      Pin, pin, pin   (y la madre, simulaba con sus rodillas el correr  del caballo)

         El juego de La cuarta, que consistía en estrellar una moneda de “perragorda” (10 ctmos) contra una pared y, detrás, otro hacía lo propio, y otro, y otro, y otro...; aquél cuya moneda cayera más cerca de una cuarta del que la lanzaba primero, se queda con la perragorda de éste;  si el caso se daba en varios, el primero tenía que pagar a todos y cobrar de los quedaron más lejos de la cuarta. Si el saldo era negativo, tenía que pagar de su bolsillo.

         Como no había televisión, y apenas “arradio”, los niños leían en sus casas, en especial lecturas de entretenimiento, casi siempre tebeos; por cierto, preciosos, hasta el punto, de que aún los recordamos con cierta complacencia  los que tenemos ochenta años; tebeos, como los de Juan Centella, El Guerrero del antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín y,  los inefables de Jorge y Fernando en la patrulla del Marfil. Ya iniciados en la lectura, se leían novelas de Zane Grey,  Courvord, Pereda, Palacio Valdés y Julio Verne;  las niñas, las de Corín Tellado, Mama Rosa, etc.  Es curioso como los niños establecieron un sistema cooperativo de lectura: Ninguno compraba un tebeo que lo tuviera  otro de la pandilla, se los intercambiaban para  leer más por menos dinero. Los juguetes tampoco se podían comprar, pero ello aguzaba la imaginación y cada uno se fabricaba el suyo, desde carretitas de bueyes, camionetas, tirachinos, hondas, etc.

         Existían  las cartillas de racionamiento (que ya antes había impuesto la II República) para los artículos de primera necesidad, incluido el tabaco. Consecuencia de ello, el estraperlo antisocial que pese a ser perseguido ferozmente por inspectores de la Fiscalía de Abastos y la Guardia Civil, no cesó totalmente; como  tampoco se pudo acabar hasta mucho después el contrabando de tabaco desde Gibraltar a lomos de fuertes y veloces jacas a través de trochas y sendas serranas; gozaba de cierta anuencia del pueblo que éste  llegó a incluir en sus coplas (romeras y cantares de contrabandistas) con tintes románticos. En Cártama eran célebres Manolillo de la Chica y Percheles, entre algún otro.

                                                       Soy un contrabandista
                                                           Que nunca  pue descansar
                                                           Cuando me echo a  la sierra
                                                           Camino de Gibraltar...


         Un día  de finales de 1.939, las calles se llenaron de camiones Studebaker repletos de soldados, remolcando cañones y otras armas pesadas; era un batallón de artillería que se estableció en Cártama “por aquello de Gibraltar”, en las  casas de labor de la familia Marín. Aquellos soldados solían compartir su exiguo rancho con los niños cuyas miradas hambrientas viéndoles comer no podían resistir los jóvenes quintos;  y, para las mocitas que habían perdido sus novios en los frentes o en los “paseos”  de uno u otro bando en liza, fueron un alivio sentimental, que escandalizaron a madres y gente “de bien”, fiebre de amores, luces de 110 voltios y 40 vatios en trechos de 50 metros, recónditos pencones, almas que el sufrimiento hacen gemelas  y, ¡¡braguetas y bragas al diablo!!, que estamos en guerra y sabe Dios quien vivirá mañana.. Cosas de la vida desde Adán a don Juan. Al cabo de un año, se fueron los soldados, dejando detrás no pocas barrigas de  las  núbil novias  bien  abultadas, que dieron lugar a nostálgicas coplas salidas del magín popular femenino, cuando los soldados marcharon más cerca de Gibraltar entonces en cuarentena:

                                              Ya se van  los quintos mare,
                                                Sabe Dios si volverán;
                                                Y cuando nazca mi niño
                                                Su padre aquí no estará...
                                               ¡Qué guerra, mare, que guerra,                                           
                                               Yo soy una “desgraciá!

         Para suplir a los artilleros, vino una compañía de moros regulares, estos para  perseguir al  “el maquis” (“rejuíos”), que tanto abundaban por nuestra zona; pero ello, y cuanto aquí se expone, es susceptible de otro  más amplio estudio.

         Y,  el  “pescaero”  (Pepe El Moreno), pregonando su pescado en una mula con capachos sobre el aparejo: “¡amas traigo el  pescao,  fresco, vivito y coleando; lo traigo  recién salido por las playitas de El Palo;  jureles,  sardinas, brótolas, boquerones y chanquetes tan barato que ni  me pagan el madrugón... Niñas, fresquitos y coleando...” Y, plato en ristre, seguida siempre de los gatos que acuden al olor de las sardinas, salían las amas de casa a las que el Moreno iba despachando no sin previo regateo de precio y peso,  respondido a veces por el “pescaero”  con  una picante ocurrencia  pasado de tono que hacía a la hembra mirar de reojo por si  andaba  cerca el marido porque,  sólo entonces,  regañaba cínicamente al Moreno. Eterno arco iris antropológico del curso de la vida incluso en ambiente históricos trahumáticos...

         Como contrapunto a tanto luto y penurias, un par de veces al año asomaba por Cártama la trupe de teatro ambulante de Saldiguera, con un amplio elenco compuesto del propio Saldiguera, su mujer, sus  muchos hijos y nueras, nietos, el burro, el perro, la cabra, la mona y el loro, amaestrado también, que, según el jefe del elenco, sabía cinco idiomas porque se había criado en un cocotero del puerto de Madagascar entre piratas, putas  y truhanes. En formación  titiritera, con sus piruetas y  mimos circenses unos, y otros tocando tamboriles, trompetas y chillones flautas, seguidos de una nube de chiquillos los titiriteros recorrían las calles anunciando su actuación de esa misma noche  en algún corralón cercado. El número más celebrado era el del  mono, la cabra y el perro subiendo y bajando a saltos del burro y el loro que no callaba un instante publicitando: ¡Saldruiera!, ¡Saldruiera!, ¡Saldruiera!...

         Saldiguera, que fue capitán del ejército en África, aún midiendo apenas 1.50 mt, de estatura, conocía el arte de la chirigota de forma que merecía mejor destino, pero su enorme prole, que solía comer a diario con buen apetito,  le obligaba a hacer de empresario, a la vez que de director, administrador, escenográfo y enseñante de libretos a cada miembro, según la edad, para realizar una vez un remedo de farsa, otra de parodia, otra (la mayoría de las veces),  de variedades y pasillos cómicos cuyo protagonista era el propio Saldiguera a costa de su pequeñez de cuerpo que no afectaba a su grandeza de alma.

         El cómico  y toda su trupe se alojaban en la antigua Fonda,  “La Coina”, contigua a la vivienda de mis padres. Sólo pernocta sin comida que habían de cocinarla ellos mismos, si la  noche anterior se había hecho taquilla para ello. Mi padre siempre preguntaba a los que fuimos a ver la función: “¿Fueron  mucha gente...?”, y si le decíamos que tuvo poco publico, decía a mi madre: “..., mándale a estas criaturas con uno de los niños una botella de aceite, papas, harina y media cesta de higos ” Casi  siempre, como  mayor de los hijos, me tocaba hacer el encargo, con la advertencia de mi padre de no admitir entradas, si me las ofrecían como contrapartida, cosa que la señora Saldiguera intentaba siempre.  Un encanto de “titiriteros”, entrañables e irrepetibles, típicos de una antañona época que imprimía al pueblo sabor a pueblo.

         Sus actuaciones tomaron más relieve cuando, en el año 1.942, se inauguró el Teatro José González Marín (1), en donde Saldiguera podía contar ya  con un aforo que, apretado, sobrepasaba en mucho los quinientas  espectadores. Ello le permitió, cuando venía por Cártama, contratar alguna que  otra vedette, ya en el declive de su carrera, pero aún de buen ver anatómico, que hacían la delicia de varones en edad de floreo, e incluso, estas rotundas  hembras le alegraban las pajarillas al célebre, por poner un ejemplo, Diego el Murcio, barrenero de 60 años muy trabajados y sufridos, que no faltaba a ninguna actuación de Saldiguera, y menos, desde que integró a las espléndidas damas ya referidas.  A Diego, por ver sus reacciones, le reservaban siempre una butaca de primera fila, cuya ubicación sabían las vedette, de tal manera que cuando el ambiente decaía y el respetable pedía “áire, áire”, ellas daban varias revoleras con sus faldas cortas, a bragas vistas, y un mohín con el trasero hacia Diego, quien se ponía en pie berreando: “Me está provocando la tía cantúa, ¡¡alláaaaa voy...!!”; cuando le echaban mano los más próximos para frenarlo, Diego ya tenía medio cuerpo en el escenario agarrado al borde de la concha del apuntador, que varias veces se trajo consigo al ser bajado a la rastra.

         Fue la época dorada y romántica de la copla, que era cantada por calles, casas y campos, creadas por troveros consagrados para   figuras como Estrellita Castro, “La morena de mi copla”

                                         “Julio Moreno de Torres
                                           Pintó la mujer morena...
                                           La de la reja florida
                                           La del clavel español...”

         Imperio Argentina, “Bien se ve”:

                                         “Bien se ve que estás mañica
                                           De un mañico enamorada...
                                           Bien se ve....”

         Juanita Reina, “Lola la Piconera”:
                                        
                                         “Los militares y los paisanos
                                           Llevan mi nombre como bandera...
                                         ¡Ay Lola, Lolita, Lola la Piconera...”

         Conchita Piquer, “Tatuaje”:
                                         
                                        “El vino en barco,
                                           De nombre extranjero...”

         Angelillo, “Camino verde
                                  
                                        “Hoy he vuelto a pasar
                                          Por aquel camino verde...
                                          Con su triste soledad...”

         Y Antonio Molina, La hija de Juan Simón; Valderrama, El emigrante, El inclusero; Pepe Marchena, Los cuatro muleros, y, las distendidas coplillas como La Parrala, Mi vaca lechera, La casita de papel... La relación sería interminable.

                                                                       

         Una sombra enlutada, semiasomada al portal de una vivienda, es la única muestra de vida de este pueblo durante  la guerra civil; ya no queda juventud en el pueblo, están en los cementerios o, en el frente hasta donde también  llega la alargada sombra de Caín a lomos de una contienda entre hermanos, de esta “dos España” nuestra que han mamado la misma leche,  se mataba una a otra como quien no quiere la cosa, sin darle importancia, cual, como la escena de los catetos a garrotazos de Goya, ahora  jugaran con balas, no de mantequilla; unos, cantando la Internacional, otros, el Cara al Sol, y, ambos:

                                                  Si me quieres escribir
                                                 Ya sabes mi paradero
                                                 En el frente de Gandesa
                                                 Primera línea de fuego

                                                                 ***
         (1) La construcción del Teatro González Marín, que en honor de este artista prometió hacer el alcalde de turno  para potenciar la cultura de su pueblo y paliar tanto dolor, se inauguró en 1.942, y cumplió una función cultural y social determinante.

         Es de justicia reconocer aquí, como hago en mi libro, “El Juglar y la Virgen Peregrina”, que si hoy en Cártama existe este Teatro, se debe a la gestión de José Escalona Idáñez, quien siendo alcalde, en 1.985, lo compró para el Ayuntamiento, con la ayuda económica de la familia Soler, cuando sus propietarios ya tenían casi cerrado el trato para construir en su solar un bloque de viviendas.

          El propio José Escalona utilizó esta sala para diversos actos culturales de gran altura con motivo de la celebración del quinto centenario de la reconquista de Cártama por los Reyes Católicos, y, el Ayuntamiento que él  regía, recogió en el bello libro, Cártama en su historia, los contenidos de cuantas conferencias dieron ilustres investigadores en relación con la historia de Cártama. Libro, que nos ha servido de base inicial a cuantos hemos escrito sobre nuestro devenir histórico. Mi gratitud de cartameño una vez más, como no podía ser de otra forma.